
El tiempo se está volviendo otoñal en París, y voy espaciando las incursiones en la ciudad. Paso los días en el estudio, café y libreta en mano. Entro y salgo imaginariamente por la ventana, tratando de tejer con hilo fino lo que existe fuera con lo que invento dentro.
En cierta ocasión Walter Benjamin dibujó un esquema gráfico de su vida. Sentado en una mesa del Café Les Deux Magots, cerca de St. Germain des Prés, Benjamin sintió que las respuestas que aquel papel exigía se dibujaban por sí solas, sin necesidad de esfuerzo por parte del dibujante, unos nombres se enlazaban con otros nombres y aparecían como puertas a otras relaciones. El resultado no podía ser otra cosa que un laberinto: “pienso en una tarde en París a la que debo clarividencias sobre mi vida que me sobrevinieron fulminantemente, con la potencia de una iluminación”. Años después Benjamin se lamentaría por la pérdida de aquel plano. Jamás pudo confeccionarlo de igual modo.
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